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Revisado médicamente por la Dr. med. Sarah Boss
Hecho verificado

La fibromialgia es una enfermedad crónica e invisible que afecta a millones de personas en todo el mundo y que redefine la manera en que entendemos el dolor. Más allá de los síntomas físicos, impacta en el sueño, la concentración y el bienestar emocional, convirtiéndose en un reto integral para quienes la padecen y para el sistema sanitario.

En España, más de 900.000 personas conviven con esta condición, con un coste socioeconómico superior a 12.000 millones de euros al año. Su complejidad exige un abordaje holístico que combine ciencia, innovación médica y estrategias de bienestar.

Puntos Clave

  • La fibromialgia afecta al 2,4 % de la población adulta en España, mayoritariamente mujeres.
  • Se caracteriza por dolor generalizado y persistente, fatiga crónica, alteraciones del sueño y dificultades cognitivas.
  • Es conocida como la “enfermedad invisible”, ya que no deja huellas en pruebas médicas convencionales.
  • Su origen es multifactorial: genética, neuroquímica, estrés y factores ambientales.
  • Aunque no tiene cura definitiva, un abordaje integral puede reducir síntomas y mejorar la calidad de vida.

La fibromialgia es reconocida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) desde 1992 como una enfermedad crónica que afecta al sistema musculoesquelético y al procesamiento del dolor en el sistema nervioso central. Se caracteriza por un dolor generalizado y persistente que debe durar al menos tres meses, acompañado de otros síntomas como fatiga, alteraciones del sueño, rigidez y dificultades cognitivas.

No se trata de un trastorno “invisible” en el sentido de inexistente, sino de una condición compleja que no deja huellas visibles en pruebas diagnósticas convencionales, lo que la hace aún más desafiante para pacientes y especialistas.

Su reconocimiento oficial fue fruto de décadas de investigación y del testimonio de miles de personas que vivían con dolor sin encontrar una explicación clara. Durante gran parte del siglo XX, la fibromialgia fue minimizada o atribuida exclusivamente a causas psicológicas. No fue hasta finales de los años 80 y principios de los 90 cuando los criterios diagnósticos establecidos por el Colegio Americano de Reumatología y el aval de organismos internacionales marcaron un antes y un después, validando su existencia y abriendo el camino a protocolos de tratamiento más sólidos.

Aun así, la enfermedad sigue envuelta en mitos. Entre los más comunes está la creencia de que “es solo estrés” o que “el dolor está en la mente”. En realidad, múltiples estudios han demostrado alteraciones en los mecanismos de percepción y modulación del dolor, así como posibles influencias genéticas y neuroquímicas. 

El más característico es un dolor generalizado y persistente, presente durante al menos tres meses y afectando ambos lados del cuerpo, tanto por encima como por debajo de la cintura. Este dolor no se limita a músculos y articulaciones; a menudo se describe como una sensación de ardor, rigidez o punzadas que fluctúan en intensidad, pero rara vez desaparecen por completo.

A este malestar constante se suma la fatiga crónica, una sensación de agotamiento profundo que no se alivia con el descanso. Muchas personas se despiertan con la misma o mayor sensación de cansancio con la que se acostaron, lo que repercute en su capacidad de afrontar el día con energía.

Los trastornos del sueño son otro pilar de la sintomatología: despertares frecuentes, sueño ligero o no reparador, e incluso insomnio crónico. Esto agrava la llamada “fibroniebla”, un término coloquial que describe la dificultad para concentrarse, pensar con claridad o recordar información reciente. Esta niebla mental puede ser tan limitante como el dolor físico.

Otros síntomas asociados incluyen rigidez matutina, cefaleas recurrentes, hipersensibilidad al frío, al calor, a la luz o a los ruidos, hormigueo en manos y pies, problemas digestivos como el síndrome de intestino irritable, y alteraciones del estado de ánimo como ansiedad o depresión. Esta variedad y dispersión de manifestaciones es lo que hace que la fibromialgia sea tan difícil de diagnosticar y tratar sin un abordaje integral.

Las extremidades inferiores soportan gran parte de la movilidad diaria y, por tanto, el impacto sobre la calidad de vida es significativo. El dolor puede manifestarse como punzadas agudas, sensación de quemazón, tirantez muscular o calambres nocturnos. A menudo, los pacientes describen una sensación de pesadez constante, incluso después de periodos de reposo.

La rigidez matutina en muslos, pantorrillas o pies puede dificultar los primeros pasos del día, mientras que la sensibilidad exacerbada que es justamente propia de la fibromialgia, puede hacer que incluso el contacto con la ropa o las sábanas resulte incómodo. En algunos casos, el dolor en las piernas se acompaña de hormigueo o entumecimiento, síntomas que generan inseguridad al caminar y aumentan el riesgo de caídas.

Estas manifestaciones no solo afectan la movilidad física, sino que también limitan actividades cotidianas como subir escaleras, practicar deporte o mantener una caminata prolongada. Con el tiempo, la restricción de movimiento puede derivar en pérdida de tono muscular, lo que acentúa la fatiga y perpetúa el ciclo de dolor y limitación.

La fibromialgia no tiene una causa única y definida, sino que surge de la interacción entre factores biológicos, neurológicos, emocionales y ambientales. Esto la convierte en un entramado delicado entre cuerpo y mente, que en THE BALANCE hemos aprendido a abordar gracias a la combinación de estrategias vanguardistas que fomentan la recuperación de la vitalidad para que el paciente no solo alivie sus síntomas, sino que recupere el equilibrio integral que define una vida plena.

Los estudios disponibles hasta ahora apuntan a una alteración en el procesamiento de las señales nerviosas: el sistema nervioso central amplifica las sensaciones dolorosas, de modo que estímulos que normalmente serían inofensivos se perciben como dolor intenso. Esta “sensibilización central” se asocia a cambios en neurotransmisores como la serotonina, la dopamina y la noradrenalina, así como a un incremento en los niveles de sustancia P, responsable de transmitir el dolor.

En el plano genético, existe evidencia de que la fibromialgia puede presentarse con más frecuencia en familias, lo que sugiere una predisposición hereditaria, aunque aún no se han identificado genes específicos responsables.

Entre los desencadenantes físicos se incluyen infecciones virales o bacterianas, lesiones musculoesqueléticas, cirugías o enfermedades crónicas que alteran el equilibrio del organismo. Sin embargo, la fibromialgia también puede aparecer tras episodios de estrés emocional intenso, pérdidas significativas, sobrecarga laboral o situaciones prolongadas de ansiedad.

Factores como el sedentarismo, la falta de sueño reparador, una dieta deficiente o un entorno con alta carga de estrés pueden contribuir a empeorar la sintomatología o precipitar su aparición en personas predispuestas.

La fibromialgia no sigue un patrón hereditario clásico como otras enfermedades monogénicas (por ejemplo, la hemofilia o la fibrosis quística).

En cambio, la evidencia apunta a lo que se llama herencia multifactorial o predisposición poligénica. Las personas con familiares de primer grado (madre, padre, hermanos) con fibromialgia tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollarla. Esto sugiere que intervienen múltiples genes, cada uno aportando un pequeño efecto sobre la sensibilidad al dolor, la respuesta al estrés y la regulación del sueño.

En quienes tienen predisposición genética, cómo empieza la fibromialgia puede variar significativamente. En algunos casos, la aparición es súbita, desencadenada por un evento claro como un accidente, una cirugía, una infección o una crisis emocional intensa. En otros, el inicio es progresivo, con síntomas leves y dispersos que se intensifican con el tiempo, hasta convertirse en un dolor generalizado y persistente. 

Es importante resaltar que a pesar de que haya predisposición genética, la enfermedad no aparece sin la influencia de desencadenantes como infecciones, traumatismos físicos, estrés psicológico prolongado o alteraciones hormonales.

Las investigaciones recientes sugieren que el estrés y otros factores pueden modificar la expresión de genes relacionados con la percepción del dolor y la regulación neuroendocrina, lo que podría explicar por qué la enfermedad se manifiesta en algunas personas predispuestas y en otras no.

La evolución de la fibromialgia es crónica y, si no se trata adecuadamente, tiende a mantenerse o incluso intensificarse con el tiempo. En muchos casos, como termina una persona con fibromialgia depende de la calidad y precocidad del abordaje terapéutico. Sin una intervención integral, pueden aparecer complicaciones como limitaciones funcionales, pérdida de movilidad, aislamiento social y un deterioro significativo del bienestar emocional.

Esta enfermedad no tiene una cura conocida, sin embargo, esto no significa que sea inmutable o que no pueda mejorar. 

Con nuestro abordaje integral y personalizado que incluye tratamiento médico, fisioterapia, terapia psicológica, técnicas de manejo del estrés, actividad física adaptada y cambios en el estilo de vida muchas personas logran reducir de forma significativa sus síntomas y recuperar un alto grado de funcionalidad.

En nuestro centro especializados THE BALANCE, el objetivo no es sólo aliviar el dolor, sino restaurar el equilibrio físico, mental y emocional, ofreciendo estrategias para que la enfermedad deje de ser el centro de la vida de nuestros pacientes.